SUGERENCIA DE TRABAJO INTERNO Julio, 2020.

 

Usaremos la energía del día para recordar que todos vamos a morir.

 

Nos inspiraremos en un texto de Luis Jorge Arnau Ávila

 

Algún día, uno de estos siglos, todos vamos a morir. En mi caso, espero que no sea pronto porque todavía tengo unos asuntos pendientes —cuarenta o cincuenta viajes y un centenar de comidas con gente que extraño “diamadres”— y no me gusta dejar las cosas a medias y los calcetines agujereados. 

 

Por lo que cuentan, nos moriremos completos, de cuerpo entero, llevándonos apenas el último respiro como recuerdo y poca cosa más, o más bien ninguna cosa. Pero eso sí, habremos agotado el tiempo acumulando posesiones para que alguien, familiar, amistad o acreedor, se las reparta, pelee por ellas, les haga el feo o las envíe al basurero tras contemplarlas por un par de minutos como dice Serrat: “con morboso placer”.

 

Antes, sin autopsias y con mínimo conocimiento, solía decirse: “murió de su muerte” (de eso se muere uno), cuando se debía a causas “naturales”, aunque todo es natural, porque es natural que uno se muera si le dan un balazo, o es natural morir de diabetes si los desórdenes alimenticios han sido el pan de cada día. 

 

La muerte es tan natural que sucede sin invitación ni nada, con causa lógica o ilógica, llega, se apersona y se apropia de todo. La gente agarra y se muere, así nomás. 

 

¿Y un poco antes?, cuando uno está a punto de morir, ¿qué hace con tantos rencores?, ¿con odios reales o gratuitos?, ¿con un exceso de ofensas por cobrar? Este país, y el mundo, llevan unos meses con la muerte merodeando y sin embargo no olvidan pleitos ni deudas, resentimientos ni diferencias, como si fuera indispensable dejar como último recuerdo agresiones planetarias y llevarse desazones guardados. 

 

Aún en la crisis nos negamos a poner en orden la vida y reiniciar de nuevo, a andar ligeros, a lo más posponemos las cobranzas por unos días, pero nada de limpieza, que para eso no estamos hechos.

 

A ratos, si tenemos la oportunidad de mirar en retrospectiva, tal vez podríamos darnos cuenta de los estúpidos caminos que elegimos buscando más el tener que el disfrutar, guardar que compartir, derrotar que convencer, primero las diferencias y hasta el último los mínimos espacios donde es posible coincidir. Y en esas andamos cuando, de repente, llega la muerte para poner el balance en ceros, cuando es demasiado tarde para reacomodar nada.

 

Y la muerte no debería ser siempre negra. Hay muertes luminosas, verdes, pacíficas, cargadas de naturaleza, muertes expansivas por una mágica existencia, muertes inclusive transparentes que pasan desapercibidas y no dejan más huellas que las del camino, muertes musicales que merecen un aplauso por lo hecho en vida, muertes multicolores. Pero esas son pocas y pertenecen a personajes extraños que lograron vivir en paz, son la excepción y no la regla.

 

Hacemos un escándalo de algo ineludible, esconderse es inútil, quizá sería mejor trabajar con esa realidad en mente para que, cuando hagamos esquina entre su camino y el nuestro, nos agarre vestidos de fiesta.

 

EJERCICIO DE ATENCIÓN PLENA: Respiro SIETE VECES profunda, suave y conscientemente; disfruto de mi silencio y coopero con mis sentidos para sincronizarme con mi sabiduría interna, y soltar el miedo a morir, aprendiendo a vivir.

 

EJERCICIO DE ESCRITURA. 3 minutos.

Me paro frente al espejo y soy sincero conmigo… hasta antes de la “pandemia”, realmente estaba disfrutando la vida o ya estaba “muerto en vida”.

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ME REGALO 3 MINUTOS.

¿Qué herramientas pueden ayudarme a “rediseñar mi vida” tal cual como yo la quiero.

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